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Era jueves, y Muriel tenía cita con la terapeuta. A pesar del intenso y sofocante calor de los días, no perdía nunca estas sesiones, pues ella misma las consideraba su espacio de descarga de aquellos censurables sueños, sueños que los mantenía reprimidos a causa de su insulso aspecto y desaliñada apariencia.
Le había tomado gusto a las terapias cuando se dio cuenta que podía pagar a una agradable extraña para que escuchase sus más íntimos problemas, sin correr riesgos de ningún tipo con los chismes. Muriel, reprimida como era, no podía esperar a desbocarse con la terapeuta. Sus sesiones eran la diferencia entre una vida estable y relativamente feliz y un caos interior que podía carcomerla. Iba una vez por semana, luego de cerrar el consultorio.
“Disculpe, llegué muy temprano?” era la usual y primera frase dirigida a Loyda Esteche, la terapeuta. Siempre quiso aprovechar al máximo el casi cuarto de hora que le tocaba, tiempo, que consideraba insuficiente para exteriorizar su dispendiosa desdicha.
Loyda, como siempre, con una sonrisa le abría el paso cediendo la mano hacia el consultorio, nunca estaba con pacientes, ella sabía que el turno de Muriel invariablemente se anticipaba.
Muriel no solo era predecible, Loyda era una de las mejores terapeutas de la región, no había otra más competente y conocedora de las angustias, de las ansiedades, de las diversas crisis y vacíos humanos. Y por sobre todo, fiel seguidora de las ideas freudianas. Detalle imprescindible para montarse en el entendimiento e interpretaciones de los sueños de Muriel, pudiendo así influenciar en la superación de sus irrebatibles carencias.
Loyda, como siempre, con una sonrisa le abría el paso cediendo la mano hacia el consultorio, nunca estaba con pacientes, ella sabía que el turno de Muriel invariablemente se anticipaba.
Muriel no solo era predecible, Loyda era una de las mejores terapeutas de la región, no había otra más competente y conocedora de las angustias, de las ansiedades, de las diversas crisis y vacíos humanos. Y por sobre todo, fiel seguidora de las ideas freudianas. Detalle imprescindible para montarse en el entendimiento e interpretaciones de los sueños de Muriel, pudiendo así influenciar en la superación de sus irrebatibles carencias.
Loyda, mujer afable y elegante de 47 años, había ganado mucho prestigio gracias a su casi mágico don con la gente. Tenía ese no-se-qué tan especial que le hacía caerle bien a la mayoría de la gente. Cuando adolescente, sus padres querían que fuese actriz, o trabajar de alguna manera en los medios de comunicación, pero esa vida no era para ella. No era demasiado conversadora, prefería sentarse y observar, pero lo suficientemente inteligente como para comportarse de tal manera que su presencia, aunque agradable, se perdía en con facilidad en una multitud. Era ahí cuando ella se disponía a hacer aquello que le apasionaba: observar, entender, analizar a las personas. Siempre sintió gran fascinación hacia el comportamiento humano, sus razones y sus innumerables matices. Fue así que decidió estudiar psicología. Quedó absolutamente encantada con las teorías freudianas. El conocimiento que adquirió junto con su natural encanto, pronto le rindieron frutos y se volvió una exitosa terapeuta.
Llevaba lentes gruesos, el cabello corto y negro y siempre vestía sobriamente. Nunca le falta el lápiz labial y las uñas pintadas de rojos. Los tacones también eran infaltables en su atuendo, así como una suave fragancia floral. En su consultorio predominaban los tonos tierra, interrumpido aquí y allá por ramos de flores frescas que compraba camino al trabajo.
Estaba sumamente interesada en los candentes sueños de Muriel, y habiendo encontrado ciertos patrones no comunes, decidió trabajar un poco más en ellos, pues había algo que no cerraba del todo, y quería saber que era. Sospechaba que Muriel no le contaba la verdad completa de sus sueños, pues con el pasar del tiempo, a medida que tomaba confiaza, le daba más y más detalles.
Era normal, después de todo, las personas son seres desconfiados.
A Loyda le daba cierta vergüenza sentirse algo excitada al oír los pecaminosos relatos de Muriel. A sus 47 años, era soltera. El timbre sonó, aun era temprano, pero sabía que era Muriel, impaciente por contarle sus más recientes fantasías sexuales.

